Recientemente decidí volver a jugar mi gran amor, Dragon Age: Origins, y nuevamente elegí la misma historia inicial: humano, mago del Círculo. Lo mismo me ha sucedido en ocasiones anteriores con The Elder Scrolls V: Skyrim, donde siempre elijo el bando de Ulfric. Me fascinan los videojuegos de fantasía medieval y grandes universos con su propia historia y mitología. Juegos que además permiten que te sumerjas en su mundo a un nivel en el cual debes tomar decisiones basadas en el rol que quieras cumplir. Mi problema es que, a pesar de querer variar el rol que elijo en distintas partidas, siempre hago las mismas elecciones.

Sé que no soy el Guarda Gris ni el Sangre de Dragón, así que lo lógico sería ser capaz de tomar cualquier decisión sin sentirme mal por eso. Sin embargo, siento un gran conflicto interno cuando debo elegir entre salvar o dejar morir a X personaje, o dar cierta respuesta sólo para mejorar la relación con un miembro del equipo. Imaginen mi dilema al tener que elegir entre el Imperio y la Rebelión. He hecho el intento pero, por más que quiera probar la experiencia de ser un personaje distinto para ver de qué manera cambia el final de la historia, simplemente no puedo. Y sé que no soy la única.

Dos tipos de público

En primera instancia, esto me hizo pensar que quizás hay dos tipos de jugadores: los que juegan como la mejor versión de ellos mismos, y los que juegan para experimentar todas las posibilidades que brinda la historia. En este sentido, el nivel de inmersión que se logre dependerá de la intención con que la persona juegue. Es posible que los creadores de Skyrim hayan decidido implementar este tipo de jugabilidad para desarrollar este apego en sus consumidores. ¿Qué puede ser más emocionante que ser el elegido para enfrentar los problemas sociales y políticos del mundo? En cierta forma, todos buscamos sentirnos necesarios, y mejor aun si sentimos que podemos influir en el mundo a nuestra manera.

Puede que el apego con los juegos de toma de decisiones sea una manera de compensar las injusticias del mundo en que vivimos: un mundo donde queda la sensación de que los que mandan son siempre los mismos y que un individuo es incapaz de hacer un cambio. Vivimos convencidos de que los héroes no existen, que la gente con poder solo busca fama y bienestar propio, y que no tenemos más opción que salvar Carrera Blanca porque el mundo real no quiere ser salvado. Y ojo, las decisiones que tomamos en los videojuegos pueden ser tomadas de manera tan personal que incluso he tenido serias conversaciones con amigos sobre si es mejor unirse a los Imperiales o a los Capa de la Tormenta.

Decisiones no personales

Sin embargo, estos RPG de mundo abierto no son los únicos juegos de toma de decisiones que hay. ¿Qué sucede con aquellos donde debes elegir las acciones de personajes predefinidos? En la aventura gráfica de Telltale Games, The Walking Dead, tu personaje siempre será Lee Everett, y personalmente no tengo problema en elegir lo que deberá decirle a Clementine que haga al final del juego. Tampoco tengo problemas en Fahrenheit, de Quantic Dream, para elegir si Tyler debe terminar o no su relación con Samantha. Lo mismo me sucede con mi querido Silent Hill: Homecoming. Mis elecciones han llevado tanto a que Alex logre escapar con Elle, como a que acabe convirtiéndose en Pyramid Head. Estos juegos me encantan, pero lo que suceda con los personajes en el final sencillamente me es indiferente.

Claramente los desarrolladores hicieron su investigación con respecto a qué público llegar. Entonces ¿Esto se trata de que somos “víctimas” del marketing, de que buscamos compensar la realidad con los videojuegos, o ambas? Quizás ninguna. No hay mucha información al respecto, y esto es sólo una reflexión de una bretona que está en contra de que se prohíba el culto a Talos.

 

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